Es uno de los movimientos más habituales en l’Horta: una empresa que trabajaba con dos almacenes —el histórico, pequeño y céntrico, y el que se alquiló cuando faltó sitio— concentra todo en una nave mayor con más altura libre y varios muelles. Sobre el papel parece una mudanza; en la práctica son tres trabajos a la vez, porque hay que decidir qué viaja, montar el destino antes de que llegue nada y devolver los dos inmuebles antiguos en condiciones. Este es el orden que mejor funciona.
La primera lista no es de muebles: es de rotación
Antes de hablar de estanterías conviene mirar la mercancía. Una revisión sencilla por rotación —lo que se mueve cada semana, lo que se mueve cada trimestre y lo que lleva años quieto— divide el stock en tres bloques y ahorra un porcentaje sorprendente del traslado. Lo que sale a diario viaja seguro; lo intermedio se revisa; lo parado se examina con calma, porque mover material que ya no gira significa pagar por almacenarlo otra vez.
Para ese último bloque hay salidas ordenadas: devolución al proveedor cuando el acuerdo lo contempla, venta a canal de saldo, cesión a entidades cuando el producto lo permite y valorización por familias del material que ya cumplió su ciclo. Cada opción se decide con fechas y responsables, y se deja anotada antes de que empiecen los camiones.
El racking viaja si la nave nueva lo admite
La pregunta no es si el racking está bien, sino si encaja. Se comparan cuatro datos entre las dos naves: altura libre bajo cercha y bajo instalación, resistencia y planitud de la solera, distribución de pilares y ancho de pasillo previsto. Un racking de cinco metros en una nave de diez desaprovecha la mitad del volumen que se acaba de alquilar, y añadir niveles exige comprobar antes la capacidad del bastidor.
Cuando el material encaja, se desmonta numerado por módulos y viaja atado por lotes con su despiece; cuando no encaja, se valora entero para su venta y se descuenta del coste del traslado. Muchas veces la solución intermedia es la buena: viaja el selectivo, se vende el compacto y se compone el resto con material compatible.
La manutención marca el ancho de pasillo
El equipo de manutención y el diseño del almacén son la misma decisión. Una contrapesada pide pasillos anchos; una retráctil trabaja en pasillo estrecho y alcanza más altura; un apilador resuelve zonas de picking. Si la carretilla actual viaja, la nave nueva se dibuja alrededor de sus radios de giro; si el almacén se diseña primero, puede que el equipo actual encaje mejor en otra función o tenga salida propia.
Esa conversación conviene tenerla antes de mover un solo palé, porque cambia el número de módulos que caben, el rendimiento diario y hasta el número de operarios necesarios. Y afecta a la cuenta del traslado tanto como el volumen de mercancía.
Lo que se queda: mobiliario, archivo y equipamiento repetido
Al unificar aparece la duplicidad. Dos juegos de mobiliario de oficina, dos armarios de comunicaciones, dos zonas de vestuario, dos compresores, dos juegos de escaleras y estanterías ligeras y un archivo repetido con documentación de las dos direcciones. Se cruza la lista de ambos inmuebles y se decide qué se traslada, qué tiene salida de segunda mano y qué se separa por familias.
El archivo pide criterio propio: se conserva lo que exige la actividad, se digitaliza lo que conviene tener a mano y el resto se destruye de forma acreditada cuando el titular lo indica, con su certificado. Es una partida que se resuelve rápido si se decide pronto y que se enquista si se deja para el último día.
El solape de fechas: dos naves abiertas a la vez
El traslado ideal tiene un solape corto y bien aprovechado. Primero se monta el destino —estructura montada, pasillos marcados, ubicaciones definidas—, después viaja la mercancía por bloques de rotación y al final se vacía lo que queda en las naves antiguas. Trabajar así permite operar sin cortar el servicio, porque siempre hay una de las dos instalaciones dando salida a pedidos.
El coste del solape es real y conviene ponerlo sobre la mesa desde el principio: se pagan dos rentas, dos suministros y dos seguros durante unas semanas. A cambio se evita el escenario caro, que es parar la actividad. Ajustar ese solape a la baja, sin dejarlo corto, es una de las cosas que más agradece un director de operaciones.
La nave antigua corre en paralelo
Mientras el destino se pone en marcha, los inmuebles que se dejan tienen su propio calendario. Cada contrato describe en qué estado hay que devolverlos, y esa lectura se hace al principio y no la semana de la entrega: instalaciones aportadas, anclajes, entreplantas, rotulación de fachada, estado de muelle y explanada. Con eso se planifica el vaciado final de cada uno.
Cuando los dos inmuebles se devuelven a la vez, se ordenan las visitas de aceptación con días distintos y se prepara una carpeta por dirección, porque casi siempre hay dos propiedades diferentes y cada una mira lo suyo.
Un inventario que sirve para las dos direcciones
La herramienta que sostiene todo esto es un inventario único con cuatro columnas: qué es, dónde está hoy, adónde va y quién lo decide. Sirve para el traslado y para la devolución, se actualiza a diario durante los días de trabajo y evita la conversación más incómoda de estos encargos, que es descubrir a mitad de camino que algo tenía que haber viajado.
Al terminar, ese mismo documento se convierte en dos entregas: el inventario del almacén nuevo, útil para arrancar, y la carpeta de cada nave devuelta, con fotografías, justificantes por fracción y el acta lista para firmar.